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Es muy difícil escribir una reseña sobre un evento que has esperado durante más de cuarenta años.

Mi primer contacto con la música de Rush ocurrió cuando tenía ocho años. Desde entonces, la banda canadiense se convirtió en una presencia constante en mi vida. Por eso, intentar escribir sobre este regreso implica un riesgo evidente: dejarse llevar por la emoción y terminar construyendo un texto excesivamente sentimental y poco objetivo.

Sin embargo, lo vivido el pasado 18 de junio en el Palacio de los Deportes fue mucho más que un concierto.

Fue una celebración cargada de simbolismo.

Rush regresaba a México después de casi veinticuatro años de ausencia. Apenas era la segunda vez que la banda se presentaba en nuestro país. También significaba el regreso a los escenarios después de once años desde su última gira y, quizá lo más importante, el retorno que parecía imposible tras la muerte de Neil Peart, considerado por muchos como uno de los más grandes bateristas de la historia del rock.

Todo indicaba que un regreso así no podía ocurrir.

Y cuando finalmente fue anunciado, la expectativa se disparó. Después de todo, Rush posee uno de los grupos de seguidores más apasionados, detallistas y exigentes que existen dentro del rock.

Uno de los temas más discutidos desde el anuncio de la gira fue la incorporación de Anika Nilles en la batería. Lo que para algunos parecía el detalle más delicado terminó convirtiéndose en uno de los aspectos más destacados de la gira.

La razón es sencilla: Anika no intenta sustituir a Neil Peart.

Su papel funciona más como el de una intérprete que entiende perfectamente el legado que tiene frente a ella. Respeta los arreglos clásicos, reproduce muchos de los fills más emblemáticos de Neil y, al mismo tiempo, aporta elementos de su propio lenguaje como baterista. Su ejecución es impresionante desde el punto de vista técnico y logra algo que parecía complicado: honrar la música de Rush sin convertirse en una simple imitadora.

Y el resultado es exactamente eso: funciona perfecto.

También resulta imposible no destacar la energía de Geddy Lee y Alex Lifeson.

A sus más de setenta años siguen transmitiendo una vitalidad admirable sobre el escenario. Mantienen intacta esa camaradería y ese sentido del humor que siempre caracterizó a la banda.

Alex no fue perfecto durante toda la noche.

Geddy tampoco intentó ocultar el paso del tiempo en algunos registros vocales.

Pero precisamente ahí reside parte de la autenticidad de esta gira. Ellos mismos hacen bromas sobre su edad desde el video introductorio del espectáculo, manteniendo esa capacidad tan característica de Rush para reírse de sí mismos.

El repertorio fue otro de los grandes triunfos de la noche.

La gira ha destacado por presentar cambios constantes entre conciertos, algo que habla del enorme trabajo previo de ensayos y de coordinación con Anika Nilles. No se trata de una producción rígida que repite exactamente lo mismo cada noche.

Por el contrario, Rush ha construido un espectáculo vivo.

Un espectáculo donde conviven clásicos absolutos, temas inesperados, canciones poco frecuentes y piezas fundamentales de distintas etapas de su carrera.

La presencia de Loren Gold en los teclados merece una mención especial. Su papel en el escenario es discreto, pero su contribución sonora en varios temas hace que su presencia realmente cuente — y le da a Geddy mayor libertad para interactuar con el público.

Y luego estaba Neil.

Porque Neil estuvo presente toda la noche.

Desde la introducción del concierto.

Desde los primeros minutos.

Desde las imágenes proyectadas en pantalla.

Desde los videos.

Desde los recuerdos compartidos entre canciones.

Cuando sonó “Xanadu”, su presencia se hizo evidente. Más tarde, Geddy tomó el micrófono para dirigirse al público en español antes de regresar al inglés y explicar parte del significado de lo que estábamos a punto de vivir.

La primera gran referencia emocional llegó con “Dreamline”.

No fue casualidad.

La canción escrita por Neil contiene una de las frases más conocidas de toda su obra:

“We’re only immortal for a limited time.”

“Solo somos inmortales por un tiempo limitado.”

Pocas líneas podían describir mejor el espíritu de esta gira.

Después llegaron unas palabras del propio Neil a través de los audios preparados para el espectáculo y posteriormente “Bravado”, acompañada por una enorme secuencia de imágenes que recorrían distintas etapas de su vida.

La respuesta del Palacio de los Deportes fue inmediata.

La ovación fue una de las más emotivas de toda la noche.

Después vendrían muchos de los grandes momentos del repertorio hasta llegar al intermedio de aproximadamente veinticinco minutos.

El regreso estuvo acompañado por una de las sorpresas más celebradas: el clásico video inspirado en South Park que daba paso a “Tom Sawyer” y a la interpretación completa de Moving Pictures, uno de los álbumes más importantes de la historia del rock.

Más adelante llegaría otro de los momentos dedicados a Neil con “Time Stand Still”, quizá una de las canciones que mejor envejecieron dentro del catálogo de Rush.

Escucharla hoy tiene un significado diferente.

Su reflexión sobre el paso del tiempo, la importancia de vivir el presente y la necesidad de prestar atención a lo que ocurre a nuestro alrededor adquiere una profundidad especial cuando es interpretada por músicos que llevan más de cinco décadas compartiendo escenario.

La recta final encontró a la banda interpretando “Closer to the Heart” y fragmentos de “2112”, antes de abandonar momentáneamente el escenario.

El encore fue particularmente significativo.

“Finding My Way” apareció como si la banda estuviera diciéndonos exactamente eso: que habían perdido un camino y que finalmente lo habían recuperado. Creo que la elección de ese tema fue completamente intencional.

Y finalmente llegó “Working Man”.

La canción que abrió las puertas del mercado estadounidense para Rush.

La canción que ayudó a transformar a tres músicos canadienses en una de las bandas más importantes de la historia del rock.

Y también un momento para recordar a John Rutsey, el primer baterista del grupo y una pieza fundamental en la construcción de sus primeros años.

Hubo otro detalle que decidí de manera completamente consciente desde antes de que comenzara el concierto.

No tomé una sola fotografía.

No grabé un solo video.

Y no fue por accidente.

Simplemente no quería perderme nada.

Vivimos una época en la que muchas veces experimentamos los conciertos a través de la pantalla de un teléfono. Entiendo perfectamente la necesidad de conservar recuerdos, pero aquella noche sentí que la mejor forma de guardar ese momento era prestarle toda mi atención.

Quise escuchar cada nota, observar cada gesto, cada interacción entre los músicos, cada reacción del público.

Quise estar ahí por completo.

Sé que mi memoria eventualmente olvidará algunos detalles. Sé que con el paso de los años habrá cosas que se irán borrando. Pero también sé que existen cientos de videos y fotografías circulando por internet que podrán documentar lo que ocurrió sobre el escenario.

Lo que yo quería conservar era otra cosa.

Quería recordar cómo me sentí.

Y en ese sentido hubo una imagen imposible de ignorar durante toda la noche: las lágrimas.

No solamente las mías.

Vi a muchas personas secándose los ojos discretamente en distintos momentos del concierto. Algunos durante los homenajes a Neil Peart. Otros durante canciones como “Bravado” o “Time Stand Still”. Algunos simplemente observando a Geddy y Alex nuevamente sobre un escenario.

Era una emoción difícil de explicar.

Porque no se trataba únicamente de nostalgia.

Era la sensación compartida de estar viviendo algo que durante muchos años parecía imposible.

Dos días después, la segunda presentación del 20 de junio mostró otra faceta de la gira. Los comentarios de quienes asistieron coinciden en que fue una noche más orientada al fan de hueso colorado, con variaciones importantes en el repertorio y una selección aún más profunda del catálogo de la banda. Mientras la primera noche apostó por varios de los temas que han definido la identidad de esta gira, la segunda sorprendió con canciones como “The Analog Kid”, “Freewill”, “The Trees”, “The Anarchist”, “Animate”, “A Passage to Bangkok”, “Distant Early Warning” y la interpretación completa de “2112”, convirtiéndose en una experiencia distinta, pero igualmente significativa.

Pero más allá de las diferencias entre ambas fechas, las dos noches confirmaron algo que quizá era lo más importante.

Rush sigue convocando personas.

Y sigue uniendo personas.

La tarde del 18 de junio pude convivir con aficionados provenientes de Michoacán, Hidalgo, Sonora, Nuevo León y muchas otras partes del país.

También coincidí con seguidores de Australia, Francia, Brasil, Italia, Alemania, Colombia y Estados Unidos.

Algunos habían viajado específicamente para ver a Rush.

Otros aprovechaban su estancia en México con motivo del Mundial.

Todos compartían el mismo propósito.

Estar ahí.

Celebrar la música de una banda que sigue generando comunidad después de más de cinco décadas.

Y al final, más allá del análisis musical, de los setlists o de los inevitables debates sobre si Rush puede existir sin Neil Peart, lo que yo viví esa noche fue algo mucho más simple.

Fue reencontrarme con aquel niño de ocho años que escuchó “Tom Sawyer” por primera vez.

Aquel momento marcó un antes y un después en mi relación con la música.

Jamás pensé que tendría la oportunidad de ver a Rush en vivo.

Mucho menos después de todo lo ocurrido durante la última década.

Por eso, más que un concierto, esta gira fue una oportunidad para todos los que por distintas circunstancias nunca habíamos podido verlos en vivo. Algunos ni siquiera habían nacido cuando Rush visitó México por primera vez. Gracias a este regreso, ya pudimos. Y yo también.

Gracias, Rush.

Gracias por volver.

Aquí con mi buen amigo Gerardo Álvarez previo al concierto.

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