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Hay bandas que ocupan un lugar claro dentro de la historia. Otras quedan suspendidas en una especie de zona intermedia: demasiado distintas para encajar del todo, demasiado interesantes para desaparecer.

La Dosis pertenece al segundo grupo.

Mientras buena parte del rock mexicano de los noventa discutía identidad, oscuridad o guitarras distorsionadas, desde Guadalajara apareció una banda que decidió abrir otra puerta. Metales, groove, funk, soul. Una lectura musical que parecía venir de una conversación completamente distinta — no como postura de resistencia, no como búsqueda de rareza. Simplemente sonaban hacia otro lado.

Y esa diferencia tuvo consecuencias. No fueron la banda más visible de aquella generación. Tal vez tampoco querían serlo. Pero quedaron suspendidos en ese espacio particular que a veces ocupan las anomalías: demasiado sólidos para ignorarse, demasiado propios para asimilarse por completo.

Lo verdaderamente llamativo de su regreso no es la nostalgia. Es el contexto.

Muchas de las mezclas que hoy se sienten naturales —rock con secciones de metales, ritmos híbridos, libertad estilística sin disculpas— eran precisamente el territorio que La Dosis exploraba cuando aún no era evidente que existía un camino por ahí. El tiempo hizo algo curioso: no los volvió clásicos. Los volvió actuales.

El 5 de junio, Guadalajara verá nuevamente a una de sus anomalías más interesantes subir al escenario del C3 Stage. Casi treinta años después de que comenzó ese experimento, la pregunta ya no es si La Dosis regresa.

La pregunta es qué ocurre cuando una banda vuelve y el mundo finalmente parece estar más cerca de ella que cuando apareció.

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