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Foto: Facebook oficial Draco Rosa

En su disco de estudio número 16, “Olas de luz”, el puertorriqueño Robert Edward Rosa Suárez, conocido como Robby Rosa (cuando estuvo en la “boy band” Menudo), luego como Draco Cornelius Rosa, a partir de los años 90, y luego, de manera más simple: Draco Rosa, regresa al medio musical con un álbum con claroscuros emocionales donde el agradecimiento es el sentir más poderoso.

Enfermo y recuperado de cáncer, – dos veces-, Rosa volvió con una producción que, aunque musicalmente mantiene la esencia de sus producciones clásicas, como el Vagabundo, de los lejanos años 90, en cuanto a la lírica, es notorio el impacto que la enfermedad le hizo al cuerpo y a la mente del autor de temas improbables para otros artistas, como “Living la vida loca”, para su compañero Ricky Martin.

En cada uno de los 12 cortes del disco, el caribeño, (un extraño caso, porque le gusta el rock y no hace reguetón), Rosa invita a caminar con él buscando un refugio, caminando entre la penumbra y descubriendo luz en algún resquicio.

Desde sus primeras notas, la sensación es la de ingresar a un territorio crepuscular. Penumbra de sueños abre una puerta vieja y desvencijada, como si alguien hubiera dejado entreabierta una catedral abandonada, o una cárcel polvorienta, según aplique.

El disco es denso, hay pasajes musicales que evocan a Alice in Chains, atmósferas que recuerdan a The Doors y una guitarra española que aparece inesperadamente en medio del aquelarre.

No es casual que las palabras que más se repiten a lo largo del álbum sean luz, sombra, silencio, heridas, tormenta o fuego. Draco vuelve una y otra vez sobre la idea de que la existencia consiste en atravesar valles de la muerte sin dejar de caminar hacia alguna forma de claridad.

En ese recorrido aparece Llama eterna, quizá el corazón emocional del disco. “Arde en mí”, canta repetidamente como un mantra, mientras una trompeta irrumpe con una delicadeza casi litúrgica.

El concepto del álbum es puramente emocional, Rosa parece disolverse en algo más grande que él, como en ese sentimiento oceánico (del que hablaba Freud, en “El malestar de la cultura”).

También hay momentos desconcertantes, Carro de heno tiene una melodía sencilla que parece salida de una feria medieval y pagana.

En contraste, canciones como Todo por el amor o Gracias por un día más, recuperan una dulzura inesperada. Hay flautas, saxofones, pasajes cercanos al “doo wop”, como en la genial “La costa brava”, donde una muchacha va venciendo a la muerte, paseando bajo el sol.

Uno de los hallazgos del álbum consiste precisamente en esa convivencia permanente entre opuestos. Lo sagrado y lo profano (decía Cohen).

El disco recuerda una idea de Emil Cioran: la muerte no llega al final de la vida, ni aparece inesperada; nos acompaña desde el principio. Vivimos muriendo lentamente.

Las canciones, casi todas por encima de los cinco minutos, parecen rechazar deliberadamente la lógica del consumo rápido. No tienen prisa. Se permiten respirar, repetir mantras, dejar que una campana resuene, que una trompeta termine la frase que murmulló la voz. Draco es como un peregrino y te invita a caminar con él.

Hacia el final, el álbum encuentra otra revelación:  la familia aparece como como una geografía afectiva: la patria del corazón (dice), el lugar donde el alma encuentra refugio.

Después llega Umbral del alba, una pieza que acerca a la meditación, donde el silencio adquiere tanta importancia como la música. Todo desemboca en una sensación de purificación. Escuchamos lluvia, sin voces ni instrumentos, solo lluvia cayendo, limpiando las heridas compartidas por Draco.

Por Daniel Cantú González

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