Publicidad

Foto: David McClister

Hay artistas que envejecen convertidos en monumentos. Sus canciones dejan de pertenecerles y empiezan a funcionar como objetos de reconocimiento inmediato que pocas veces alguien vuelve a mirar de verdad.

John Fogerty pasó buena parte de su vida peleando contra eso.

El anuncio de Centerfield – Hall of Fame Edition podría leerse como otro movimiento dentro de la maquinaria de aniversarios que domina la industria. En el caso de Fogerty, el asunto va por otro lado: más que una celebración automática, este momento deja ver a un músico reorganizando su relación con su propia historia.

Eso importa porque esa historia estuvo marcada durante décadas por una contradicción poco frecuente. Pocas figuras del rock estadounidense escribieron canciones tan integradas al imaginario cultural de su país y, al mismo tiempo, tan alejadas de la comodidad institucional que normalmente acompaña ese reconocimiento.



Las canciones de Creedence Clearwater Revival nunca sonaron como fantasías construidas desde una distancia segura. Había tensión social, paranoia, trabajadores agotados, guerra, desconfianza hacia el poder, una sensación permanente de país fracturado. Incluso cuando las melodías eran luminosas, algo debajo incomodaba.

Por eso resulta preciso observar qué representa Centerfield dentro de esa trayectoria. El álbum apareció en 1985, después de años de conflictos legales, desgaste y silencio creativo. Fogerty no solo escribió todas las canciones: tocó también todos los instrumentos él mismo, sin estructura de banda, sin mediadores. Hay algo en ese aislamiento que no es un dato técnico sino una postura: la de alguien que necesitaba hacer las cosas completamente solo antes de poder volver a hacerlas.



Entonces apareció “Centerfield”.

Durante años la canción fue absorbida como himno deportivo. Vista desde otro ángulo, funciona como una declaración de reconstrucción personal. Put me in, coach deja de sonar como una frase de estadio cuando se piensa en quién la escribió y cuándo. Hay algo muy concreto en esa necesidad de volver a participar después de haber quedado fuera de tu propia narrativa.

Quizá por eso Centerfield sostiene un peso que no depende de la nostalgia. No porque documente una época dorada, sino porque registra el momento en que un compositor intenta recuperar terreno dentro de sí mismo.



Ese peso se vuelve más nítido hoy. En 2023, Fogerty recuperó los derechos de publicación de su catálogo, algo que había perseguido durante décadas. En un momento donde artistas de distintas generaciones hablan abiertamente sobre masters y control creativo, esa batalla deja de parecer una reliquia de otra era. Él la atravesó mucho antes de que existiera un lenguaje público para nombrarla.

Lo interesante de esta etapa no parece ser la búsqueda de vigencia. Fogerty no transmite la urgencia de alguien que necesita demostrar relevancia. Transmite algo más difícil de sostener: la posibilidad de mirar su obra sin necesidad de escapar de ella.

Ahí reside, quizá, el valor real de esta reedición.

No en volver a escuchar un disco conocido.

Sino en observar cómo alguien aprende, décadas después, a habitar las canciones que durante tanto tiempo le resultaron imposibles de tocar sin conflicto. Y que ahora toca junto a sus hijos.



tt ads