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La nominación de la banda australiana reabre una pregunta incómoda: ¿por qué tardó tanto el reconocimiento?

La reciente nominación de INXS al Rock and Roll Hall of Fame vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para la historia oficial del rock: ¿cómo una de las bandas más influyentes de los años ochenta tardó tanto en aparecer en esa conversación?

A veces el tiempo corrige omisiones que parecían inexplicables.

Durante décadas, el relato dominante del rock ha sido construido principalmente desde Estados Unidos y el Reino Unido, una perspectiva que con frecuencia ha dejado en segundo plano a escenas que, sin embargo, tuvieron un impacto global. El caso de INXS es particularmente revelador.

Formada en Sídney a finales de los años setenta, la banda logró algo que muy pocas agrupaciones fuera del eje angloamericano han conseguido: convertirse en un fenómeno mundial sin renunciar a una identidad propia. Su sonido combinaba rock, funk, new wave y pop con una naturalidad poco común en la época.

En lugar de elegir entre guitarras o groove, INXS entendió que ambas cosas podían convivir.

Canciones como Need You Tonight, New Sensation, Never Tear Us Apart o Don’t Change no solo dominaron las listas de popularidad en su momento; definieron una forma distinta de entender el rock en los años ochenta. Había ritmo, sensualidad y sofisticación, pero también una energía cruda que los alejaba del simple pop de radio.

En el centro de esa química estaba la figura de Michael Hutchence.

Carismático, magnético y con una presencia escénica difícil de igualar, Hutchence representaba una rara mezcla de teatralidad, elegancia y peligro. En muchos sentidos, era uno de los últimos grandes frontmen clásicos del rock, heredero de la tradición de Jim Morrison y Mick Jagger, pero con una personalidad completamente propia.

Pero INXS no era solo su vocalista. El verdadero secreto de la banda estaba en su dinámica colectiva: un grupo que entendía el poder del ritmo tanto como el de las guitarras, capaz de construir canciones donde cada elemento encontraba su espacio sin perder intensidad.

Su álbum Kick (1987) es quizá el ejemplo más claro de esa fórmula. Más que un éxito comercial —aunque lo fue de forma masiva— se convirtió en una especie de manual sobre cómo fusionar rock, funk y pop sin sacrificar identidad.

Con el paso del tiempo, ese disco ha adquirido un peso histórico mayor del que muchos críticos reconocieron en su momento.

Por eso resulta difícil explicar por qué el nombre de INXS tardó tanto en aparecer en la lista de nominados al Salón de la Fama.

La banda cumple con prácticamente todos los criterios que el propio recinto suele celebrar: éxito global sostenido, influencia cultural, innovación sonora y un catálogo de canciones que siguen vivas décadas después de su lanzamiento.

Quizá el retraso tenga que ver con algo más profundo.

El Salón de la Fama del Rock no solo reconoce trayectorias; también refleja las tensiones de la memoria cultural del género. Qué artistas entran primero, cuáles tardan décadas en ser considerados y cuáles siguen esperando dice tanto sobre la historia del rock como sobre quienes la escriben.

En ese contexto, la nominación de INXS tiene un peso simbólico importante.

Representa, en cierta medida, el reconocimiento tardío de una banda que ayudó a expandir el sonido del rock más allá de sus territorios tradicionales y que demostró que el groove, la elegancia y la sensualidad podían formar parte del lenguaje rockero sin diluir su esencia.

Además, su catálogo ha demostrado algo que muchas bandas de su generación no han conseguido: seguir respirando con naturalidad en el presente. Las canciones de INXS no se sienten como reliquias de una época específica; mantienen una frescura que todavía conecta con nuevas audiencias.

Eso quizá explica por qué, décadas después de su momento de mayor éxito, su música continúa apareciendo en playlists contemporáneas, documentales y nuevas revisiones críticas del sonido de los ochenta.

A veces el tiempo termina colocando las cosas en su lugar.

Si finalmente INXS entra al Salón de la Fama, el gesto no será simplemente un homenaje nostálgico. Será, más bien, la corrección de una omisión que durante años resultó difícil de justificar.

Porque hay bandas que pertenecen a la historia del rock por su impacto inmediato.

Y hay otras —como INXS— que pertenecen a ella porque su música sigue demostrando, con el paso de los años, que nunca dependió de una moda para permanecer vigente.

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