Ciudad Obregón no es una ciudad que aparezca mucho en las conversaciones sobre rock mexicano. Es una ciudad del Valle del Yaqui, agrícola, caliente, alejada de los circuitos donde normalmente se decide qué suena y qué no. Quizás por eso Nunca Jamás nunca esperó permiso para sonar como suenan.
Llevan casi veinte años haciendo una música que mezcla guitarra de rock con estructuras que vienen del norteño y la banda sinaloense. No porque sea tendencia —cuando empezaron, no lo era— sino porque era lo que tenían alrededor.
Porque hay una escena que pocas veces se habla en voz alta: en fiestas, ya con unas cervezas encima, el mismo que lleva la camiseta de alguna banda de rock termina cantando a Ramón Ayala o bailando banda sinaloense. Pasa en Obregón, pasa en Monterrey, pasa en casi cualquier ciudad del país. El rock mexicano siempre ha convivido con eso, solo que durante mucho tiempo prefirió no verlo.
Nunca Jamás dejó de fingir que esa convivencia no existía.
Canciones como Venimos del Desierto o Demasiado Mexicano no están tratando de convencerte de nada. No hay pose ni distancia irónica. Suenan como lo que son: tres músicos del noroeste que decidieron no editar su origen para volverse más digeribles.
Su más reciente sencillo, Para ser sincero, no cambia esa lógica: la reafirma. No hay intento de reinventarse para encajar en otro lado, sino de seguir afinando una identidad que nunca buscó validación externa.
Monterrey entiende bien esa tensión. Esta ciudad siempre ha sabido lo que es moverse entre lo norteño y lo cosmopolita, entre el rock heredado y el que se transforma en el camino. Quizás por eso una banda como Nunca Jamás encuentra aquí un público que no necesita que le expliquen de qué va el asunto.

El 29 de mayo tocan aquí. Y más que descubrirlos, lo interesante es ver cómo suenan en vivo esas contradicciones que el rock mexicano durante años prefirió dejar fuera de la conversación.


